25.9.16

¡Tanto tiempo!


Hola, chicas. Hace tanto tiempo que no escribo (dos meses, para ser exacta) y lo lamento muchísimo. La verdad es que yo no me olvido del blog, de hecho cada día me acuerdo de él y entro a echar un vistazo, pero es que simplemente no he podido continuar. No es porque no me guste. En realidad, creo que me estoy fijando demasiado en la perfección. Se me ha metido en la cabeza el querer que lo que escribo actualmente sea perfecto.

Por eso, he decido dejar de escribir "La casa en el Bosque". Me encanta la idea que tengo sobre esta novela, pero no puedo escribirla ahora. De verdad, quiero que quede bien, y si escribo por escribir no voy a sentirme satisfecha y lo peor es que no voy a disfrutar mientras creo mis escritos. Eso no me lo puedo permitir. Sentiría que es algo falso, sin valor alguno. Y cuando haces lo que te gusta, lo más importante es ser fiel a ti mismo, sentirte cómodo en tu propia piel. Eso es lo maravilloso.

Sé que no voy a armar mucho revuelo con esta noticia que acabo de dar, porque la verdad es que ésta novela, como recién estaba empezando, no tuvo tanta audiencia, por así decirlo. Pero sí hubieron unas personitas hermosas que siempre me estuvieron comentando y les quiero agradecer desde lo más profundo de mi corazón. Lo siento muchísimo porque sé que les gustaba. Lloro. En serio, espero que puedan comprender. Yo nunca dejé un proyecto a medias, es primera vez que lo hago y es algo nuevo para mí. Ni siquiera había pasado dos meses sin subir, jamás, entonces con eso me di cuenta de que algo andaba mal con lo que hacía.

Peeero, no me voy para siempreeee. Obvio que no. Tanto dramatismo para esto, siendo que no me voy, porque seguiré escribiendo. Espero que nadie haya pensado que abandonaría el blog, porque, o sea, eso jamás de los jamases va a pasar. Yo sigo con mi blog, es parte de mi alma. ¿Cómo sería capaz de abandonarlo, siendo que crecí con él?

Oh, y sobre eso: Heeeemooos llegaaadooo a tener UN MILLÓN DE VISITAS. Dios, estoy tan feliz, les juro que cuando me enteré casi lloré de emoción. Tanto esfuerzo ha valido la pena, las noches de desvelo (porque yo amo dormir, ah), las lágrimas derramadas (sí, lloré como ridícula), el estrés acumulado por estancamientos de inspiración, todo lo valió. Y por supuesto, esto no habría podido ser posible sin ustedes. Muchas gracias, pero muchas gracias, por siempre haber estado ahí. No sé, pero el sentir que lo que haces, por muy pequeño que sea, hace sonreír o sentir algo hermoso a otra persona, es precioso.  Gracias, gracias, gracias.

Escribiré una novela nueva. Sí. Ya tengo varias ideas en mi cabeza, de hecho hace un tiempo ya tengo una, y el otro día iba en el autobús y se me vino otra más a la mente. Uno de estos días verán la sinopsis publicada y seguro les va a encantar.

Me gustaría que comentaran en esta entrada, para saber si aún hay gente que me lee. Les agradecería muchísimo que lo hicieran. Espero que estén bien, que sus vidas vayan mejorando cada vez más y que tengan una buena noche/buen día. Hasta pronto, las veo en unos días, muah ♥

Posdata: Cualquier día de ésta semana subo la sinopsis de mi nueva novela. Oh, y volví a poner el chat a un costado derecho del blog, por si alguien quiere conversar, preguntar, o algo así. ¡Besos!

Atentamente: Tish.



18.7.16

Capítulo dos - La casa en el Bosque.





Salgo de la cocina con un vaso con agua en mi mano izquierda, al mismo tiempo en que arrastro los pies e intento mantener los ojos abiertos. Antes de subir por la escalera, observo el reloj de la sala. Son exactamente las 03:28am. Todos, absolutamente todos, están durmiendo en la casa. Excepto yo, que he despertado sedienta. 

No alcanzo a poner un pie en el primer escalón cuando escucho un ruido desde afuera. Un ruido que parece al de metal, o a fierros, cuando chocan uno contra otro. Mi piel se eriza y de inmediato me alarmo. Me voy acercando a la ventana, sigilosa, con mucho cuidado. Tomo la cortina y hago a un lado una pequeña parte, casi invisible, para poder mirar. Hay un hombre en la puerta de fierro que da hacia a la calle, y la está forzando. 

Suelto la cortina de inmediato y retrocedo de golpe. Por poco se me cae el vaso de las manos. De inmediato mi mente se llena de recuerdos de Beatriz, muerta, destrozada y llena de sangre. Siento un nudo en la garganta y el miedo comienza a formarse.

Subo las escaleras lo más rápida y silenciosamente que puedo. Voy a la habitación de Bruno y toco la puerta levemente, para no despertar a nadie más que a él. No da señales de vida. Toco aproximadamente cinco veces, y nada. Comienzo a llamarle en voz baja, y tampoco. Los nervios comienzan a apoderarse de mi cuerpo y no sé qué hacer.

Decido ir a mi habitación y cuando estoy dentro me pongo las zapatillas. Me acerco a la mesita de noche, abro el cajón y saco la caja. Desenchufo la lámpara, le quito la parte de abajo que la mantiene en pie y de su interior saco una pequeña llave. A continuación, introduzco esa misma llave en la cerradura de la caja y, de ella, extraigo un arma blanca ya cargada. Antes de salir de la habitación, me aseguro de que Zue esté completamente dormida. Lo está, así que tomo otra llave tamaño normal y cuando salgo, cierro la puerta de la habitación con ella. Me esfuerzo por creer que, en caso de que alguien venga, la niña estará a salvo. Pero en el fondo sé que no serviría de nada.

Me mentalizo, respiro hondo y finalmente me armo de valor para bajar. Cuando lo hago me acerco a la ventana y vuelvo a hacer a un lado la cortina para ver hacia afuera. Esta vez no hay absolutamente nadie. Me quedo, más o menos, unos dos minutos moviendo mis ojos para todos lados, buscando algún movimiento. Nada.

Abro la puerta. Me quedo de pie en el marco. El viento nocturno, helado, me acaricia la cara, congelando cada zona por completo. Tal vez sólo imaginé haber visto a alguien. Tal vez estaba cansada y mi mente inventó todo eso.  Y en caso de haber sido real, puede haber sido un tipo borracho o drogado que quería robar, pero estaba en muy malas condiciones como para lograr entrar, y ni siquiera pudo percatarse de que sin mucho esfuerzo habría logrado escalar por la reja.

Mi corazón da un vuelco cuando veo una silueta saliendo tras uno de los árboles y acercándose con ferocidad hacia mí. Suelto un grito ahogado, apunto con el arma y cuando estoy por apretar el gatillo...

- ¡Isabelle! -el hombre se asusta al ver el arma y se echa para atrás, muerto en pánico. Es cuando me doy cuenta de que es papá- ¿Qué estás haciendo? ¡Baja eso!

Me quedo tiesa en mi lugar, aún perdida y sin saber qué responder, porque la verdad es que no tengo idea de lo que estoy haciendo. Me mantengo apuntando a su pecho.

- ¡Bajala, maldita sea! ¡Es peligroso!

Intento no protestar, y la verdad ni siquiera sé por qué tengo la intención de hacerlo siquiera. Con lentitud voy bajando el arma y acabo con ella firme en mis manos, apuntando al suelo. Papá enseguida comienza a caminar hacia mí y cuando está en frente me arrebata el arma de las manos.

- ¿En qué estabas pensando, demonios? -parece fuera de sí. No puedo ver sus ojos con claridad, porque trae una capucha puesta, y la luz de los postes sólo alcanza a iluminar su mandíbula- ¡Pudiste haberme matado!
- No habría sido mi culpa -me defiendo- No sabía que eras tú. Estás muy encubierto. Y nunca habías venido a estas horas.
- ¿Qué sucede? -la voz de Bruno aparece en escena. Al mismo tiempo, papá y yo dirigimos nuestras miradas hacia la escalera, y nos quedamos viéndolo. Ninguno dice nada.

Papá me toma por brazo y me apresura a entra. Deja la puerta junta a nuestras espaldas y comienza a empujarme hacia la parte más oscura de la casa: el sótano. Le ordena a Bruno que nos siga y le dice que no se atreva a encender ninguna luz. A raíz de eso por poco me tropiezo bajando la escalera que da hacia el lugar. El hombre está nervioso, puedo sentir que sus manos tiemblan alrededor de mi brazo derecho.

- Me estás apretando, suéltame -le pido cuando llegamos al sótano. Intento arrebatar mi brazo y acaba dejándome libre. Lo miro fulminante, pero hace caso omiso. En lugar de darle importancia dirige su mirada hacia Bruno, que se ha instalado a mi costado.
- Es hora -le dice. Y nos quedamos, los tres, en absoluto silencio.

Bruno asiente con la cabeza y yo no entiendo nada. Mis manos comienzan a sudar y un montón de preguntas en mi cabeza comienzan a aparecer. Se da la media vuelta y de un segundo a otro desaparece escaleras arriba. Observo a papá.

- ¿De qué es hora? -pregunto, casi en un susurro. Sus ojos están fijos en los míos, pero no responde. Comienzo a ponerme nerviosa- ¿Qué está pasando? ¡Di algo!
- Debemos irnos de aquí. De inmediato -al oírlo, mi respiración se atasca. Realmente no esperé algo como eso- No hay tiempo. Sube a tu habitación y guarda todo lo que sea valioso para ti en una mochila. Nos iremos antes del amanecer.

Sin más, se da la vuelta y se acerca a una de las paredes que cuenta con una pequeña ventanita. Echa un vistazo a través de ella y yo sigo perdida, fuera de mí misma.

Siento que me va a dar un ataque al cerebro, si es que eso es posible, en cualquier momento. Esto no es, en absoluto, lo que esperaba. Es demasiada información que no soy capaz de comprender para una sola noche. Sobretodo si ha venido a mí así, de la nada, sin previo aviso.

- No entiendo qué estás diciendo -decido hablar- ¿A dónde? ¿Qué sucede? ¿Por qué?
- Saben de su paradero. Se han enterado y he venido de inmediato. Los matarán.

Siento una presión horrible en mi pecho, en mi garganta, en mi corazón. Bajo la mirada al piso. Pienso en Sandra y en Beatriz. Pero sobretodo, en Zue. No. Ella ya está formando recuerdos...

De pronto, mi miedo y lo que sea que esté sintiendo, se van por el caño. Todo eso es reemplazado en ira, en rabia, en dolor y en enojo. Todo junto. No puedo creer que tengamos que hacer esto de nuevo. Irnos, escaparnos, y no sé de quién ni por qué.

- ¿En qué has estado metido todo este tiempo? -pregunto, sin poder ocultar mis emociones. Papá suelta un suspiro y comienza a desplazarse en círculos por todo el lugar- ¿Por qué no contestas? ¿¡A dónde diablos iremos!? ¡Qué pasa!
- Conmigo -responde- Los llevaré conmigo, hacia donde yo vivo. Tranquilízate.
- Tú habías dicho que hacer eso era peligroso. Que de irnos contigo nos podrían matar. Por eso te mantuviste alejado todo este tiempo, para encubrirnos. ¿O era una mentira?
- No. Pero ya no tenemos opción. Es hora. Esto tarde o temprano iba a pasar. Lo supe desde el principio. No iban a durar demasiado en tranquilidad.
- Lo que yo quiero saber es por qué estamos escapando y por qué nos quieren matar -le digo, como muchas veces lo he hecho, deseando desde lo más profundo de mí escuchar la razón de una vez.
- Son otra gente, Isabelle. Gente que no nos quiere vivos -comienza a acercarse a mí, y cuando está lo suficientemente cerca me toma por los hombros- En ellos existe sólo odio. Y no nos dejarán hasta obtener lo que quieren.
- ¿Qué es lo que quieren? -tengo la esperanza de que me lo diga, pero sólo niega con la cabeza- Por favor, papá. Tienes que decirme.
- Maurice...

Una voz totalmente desconocida proviene desde las escaleras. Me giro en su dirección de  inmediato en estado de alerta, y veo a un tipo vestido de negro. Trae una casaca negra, pantalón negro, gorro negro y unas botas también negras. Por un segundo pienso que es un asesino, de esos que tienen planeado matarnos, pero entonces me giro hacia papá y lo veo tranquilo, haciéndole señas para que se acerque. Eso me brinda algo de relajo.

Pero todo mi relajo se va por la borda a medida que el tipo se va acercando, muy lentamente, paso por paso. No lo conozco, está en mi casa, su cuerpo es fornido y estoy segura de que con tan sólo una mano sería capaz de tomarme por el cuello y asfixiarme. Conoce a mi padre, y no me sorprendería si tuviera la misma mentalidad que él. Como no hay luz en el sótano casi no puedo ver su rostro.

El tipo, que no tengo idea de cómo se llama, se me queda viendo. El aire que me rodea cada vez se vuelve más pesado. No me gusta para nada. Ni siquiera su mirada se siente normal. Papá no parece darse cuenta de que me estoy incomodando con el par de ojos desconocidos sobre mí, así que, o es tonto, o simplemente le importa un bledo.

- ¿Es su hija? -pregunta a mi padre cuando se instala a un metro de nosotros. Su voz es matona, demasiado gruesa y rasposa. No me da buena pinta.
- Sí. Lo es -papá asiente con la cabeza, y entonces los encuentro a ambos mirándome de arriba abajo. Trago saliva- Isabelle, éste es Emerick.

Clavo la mirada en los ojos de esta nueva persona. Él suelta una sonrisa diminuta. Lo único que quiero es que desaparezca de mi casa porque en lo absoluto no confío en extraños, y tengo la leve impresión de que algo anda mal con él.

- Hola -saludo, porque no quiero ser desubicada y tengo menos cero ganas de que papá me regañe o me trate mal después.
- Eres... -Emerick vuelve a mirarme de arriba hacia abajo- pequeña.

Jamás había estado en una situación tan incómoda. ¿Qué clase de persona corresponde un saludo de una manera tan desastrosa?

Siento mi cara ligeramente caliente, y él sigue con su diminuta sonrisa al aire. Entonces papá se me queda viendo y sonríe de la misma forma que él. No puedo estar más avergonzada y ni siquiera puedo hacerme una idea de qué responder.

- Pequeña, sí -le dice papá, tomándome por sorpresa- Pero se atreve a enfrentar situaciones. Me lo ha demostrado hoy.
- ¿Ah, sí? -Emerick abre la boca ligeramente sorprendido, pero logro notar que se está burlando. Me vuelve a subir la temperatura.
- Así es. Por poco me mata allá afuera -le cuenta- Me pilló desarmado. Y no bajaba el arma, ni siquiera cuando se lo pedí.
- Oh, admirable, eso sí que es un acto de valentía.
- ¿Qué pasará con Zue? -decido terminar la denigrante conversación en donde soy objeto de miradas  y comentarios que me hacen sentir poca cosa, y me centro en algo que sí es importante- ¿Cómo la mantendrás a salvo?
- Vendrá con nosotros, también.
- Es que tú estás cagado -le ataco, sin poder creerlo. Papá abre sus ojos como platos, y parece que Emerick ha escuchado el chiste más divertido de su vida, pero intenta con toda sus fuerzas no reír. Yo no le veo la gracia.

Papá, lentamente, da un paso hacia mí, quedando demasiado cerca para mi propio bien. De pronto me siento en peligro. Parece que su mirada quiere atravesarme y hacerme pedazos, pero no pienso echar para atrás las palabras que he dicho.

- Mira, Isabelle, sólo te voy a decir una cosa -susurra. La piel se me eriza- Si quieres vivir, vas a llevar a cabo cada una de las órdenes que yo te de. ¿Entendido?

Me duele saber que tiene razón. Lo más probable es que yo muera sin él, porque él es, posiblemente, el único que tiene conocimiento de todo lo que está pasando. Pero no puedo aceptar el hecho de que él quiera poner frente a tal peligro a Zue.

- Sólo tiene cuatro años...
- ¡Y tú tienes diecinueve! -me grita, haciéndome sobresaltar. Hace mucho que no me gritaba de tal manera- ¡Tienes que actuar como tal!
- ¡No se trata de eso! -le grito- Me he hecho cargo de mi familia por años, y eso es justo lo que deberías haber hecho tú. ¿Es que no te das cuenta? ¡Esto no es normal!
- Ésta es su vida. Acéptalo.
- No. Es la tuya. Tú has convertido nuestras vidas en mierda.

Y es cuando siento que algo me vuela la cara. Mi cuerpo se va para atrás, pero logro mantener el equilibrio. Llevo una de mis manos hacia mi mejilla. No puedo creerlo. Me ha golpeado.

Algo cae de mi nariz. Sangre. Ahora ya no me toco la mejilla, en su lugar, intento impedir que la sangre caiga al suelo. Me arde la cara como nunca antes me ardió, y siento tanta impotencia, tanta humillación, que no puedo evitar querer llorar.

- ¿Qué es lo que harás, Isabelle? -me pregunta, sin siquiera inmutarse por lo que hizo. Me quedo callada- Yo te diré lo que harás. Vas a subir las mugrosas escaleras, tomarás tus cosas, y nos iremos. Es todo. Zue se irá conmigo y Farah. Tú con Yessica y Bruno.
- No voy a dejar a Zue con alguien como tú -le dejo en claro, sabiendo que seguro me ganaré otro golpe- No confío en ti.
- Oh, bien -comienza a reír- Entonces te irás sola con ella. Y con Emerick.
- No quiero nada con él.
- No me interesa. Tú dijiste que no querías que la niña fuera conmigo.
- ¡Pero no conozco a este tipo! -protesto- ¡Podría hacernos daño!
- Ha venido hasta acá conmigo para evitar que los maten, ¿O no? -me dice- ¿Acaso no es eso suficiente para que te des cuenta de que los va a ayudar? -no alcanzo a responder, porque papá voltea en dirección al intruso- Emerick, llévala arriba. Asegúrate de que guarde sus cosas y prepare todo, al igual que mis otros hijos. No los pierdas de vista.

Emerick asiente con la cabeza y de inmediato viene hacia mí. Cuando está en frente, me hace un gesto con la cabeza para que suba primero. Decido no decir nada más y sólo hago lo que debo. No tengo otra opción. Tampoco puedo escapar, ni irme lejos, por más que quiera.

Llego a la habitación y me pongo una toalla sobre la nariz, para que el sangrado se detenga. Me doy cuenta de que se me ha manchado el pijama con unas cuantas gotas. Mantengo presión en la zona aproximadamente unos tres minutos, y el sangrado comienza a detenerse poco a poco. Después voy al baño y me lavo para que toda mancha roja se borre por completo de mis manos y rostro.

Me cambio el pijama por algo más abrigador. Tomo mi mochila del colgador y comienzo a guardar algunas prendas. Luego tomo otra mochila y comienzo a guardar toda la ropa que pueda perteneciente a Zue, incluso algunos de sus juguetes favoritos y sus peluches. Las ganas de explotar en llanto son tan fuertes, pero me aguanto lo más que puedo. No puedo entender por qué me ha tocado vivir todo esto.

Saco con todo el cuidado que puedo a Zue de su cama y comienzo a vestirla, aún dormida. No se da cuenta de nada, ella simplemente descansa, sueña, y cree que todo está bien. Pero es mejor así. Preferiría que duerma hasta cuanto más pueda en lugar de que esté al tanto de todo esto, del escape, de la presencia de papá, y del miedo que siento ahora. Ella se daría cuenta.

- Isabelle -alguien me llama a mis espaldas cuando tengo a Zue y a todo lo que tenga que ver con ella completamente listo. Me giro. Es Bruno- Ya hay que bajar.

Se me revuelve el estómago, sin embargo, asiento con la cabeza. Bruno se acerca a la cama y comienza a tomar a Zue en brazos con mucho cuidado para que no se despierte. Me preparo para recoger su mochila junto con sus cosas y mientras lo hago siento que estoy teniendo una pesadilla, que es imposible que de un momento para otro esté pasando todo esto.

Bruno sale de la habitación con Zue y se va hacia las escaleras para bajar. Yo, antes de salir de la habitación, tomo la foto de Beatriz que está sobre la mesita de noche y la guardo. Sólo entonces sigo a Bruno hasta abajo.

Encuentro a Farah afligida, hablando con papá, preguntándole que es lo que está pasando y por qué nos tenemos que ir. Él le responde diciéndole estupideces, como que es algo necesario, que no estamos seguros aquí, que todo va a cambiar a partir de ahora. El asco me invade.

Yessica, por otro lado, está apoyada contra la puerta, con la mirada perdida en el suelo y atrapada en sus pensamientos. Me dan ganas de gritar que papá es un desgraciado, pero no lo hago, porque de hacerlo acabaría con la vida de cada uno.  Lo único que quiero es que estén todos seguros.

Un movimiento en la esquina de la sala me llama la atención. Cuando volteo la cabeza, me doy cuenta de que Emerick. Tiene su mirada fija sobre mí. La piel se me eriza. Había olvidado que estaba en casa, y de verdad, no tengo palabras para explicar la poca confianza que me da estar cerca de él. No parece alguien normal. No parece alguien de fiar. Encima ha estado presente cuando papá casi me voló la cara con la mano. Seguro sigue burlándose de mí en su interior, aunque luzca serio por fuera.

Cuando papá nos dice que es hora, miro la casa por última vez y es cuando, de una vez por todas, me doy cuenta de que esto es la realidad, que de verdad nada nunca va a ser lo mismo, que estamos huyendo de unos asesinos a sangre fría y que ésta es nuestra última y única oportunidad para vivir. Pero sólo sé una cosa: Independiente de lo que pase de ahora en adelante, sé que no será la forma en la que yo querré vivir el resto de mis días.

 •••

¿Qué tal? Les contaré una historia: Por poco dejo esta novela. Una noche estaba fatal, tratando de escribirla, se me estaba haciendo tan difícil sacar ideas y tratar de pensar en la temática que incluso le dije a una amiga que iba a dejar de escribir para siempre, pero sólo fue una mala noche porque enseguida me di cuenta de que estaba delirando y que no hablaba en serio. Incluso ella me dijo que me había dejado soltar todo pero que en el fondo sabía que sólo estaba jodiendo JAJAJA.
En fin, espero que el capítulo les haya parecido interesante. Les tengo una pregunta: ¿Qué opinan de Emerick? ¡Díganme en los comentarios! ¡Un beso! Muaah, las quiero muuucho 
¡Comenten para que suba!

¡Oh, y otra cosa más! Deben pasar por estos blogs, son maravillosos, tienen novelas muy lindas y estoy segura de que les encantará: Hazme sentir vivo (clic para entrar) y Novelas para adolescentes (clic para entrar). ¡No se arrepentirán! ¡Chao!

Con dedicación, Tish.


13.6.16

Capítulo uno - La casa en el Bosque.




Abro la puerta de la casa mientras llamo a mis hermanas. Hemos acabado de desayunar hace unos cuantos minutos y ha llegado la hora de irnos. No hay apuro alguno, pero cada sábado, al despertar, sabemos que tenemos que estar en la puerta a las diez con treinta sin siquiera preguntar a dónde vamos. Todas sabemos la respuesta.

Zue baja las escaleras dando saltitos mientras cuenta uno por uno cada escalón. Frunzo el ceño. No me gusta que haga eso. En cualquier momento podría torcerse el pie y a saber cuánta suerte podría tener al rodar hacia abajo y azotar contra las frías cerámicas. 

- ¿Qué te he dicho que hagas cada vez que haces eso? ¿Quieres estar castigada? -le pregunto con un severo tono de autoridad en mi voz. Ella alza la cabeza al momento en que deja de bajar y se queda fija en un escalón. 
- No lo sé -comienza a reír y yo alzo una ceja sin mostrar señal alguna de diversión. Sus cejitas se juntan cuando nota que no voy a repetir lo que he dicho otra vez y lentamente se agarra del barandal- Uy, ya me sujeté. No te enojes.
- Ven acá -una sonrisa se me escapa de los labios. Ella sonríe, baja los escalones restantes y corre hacia mí. Quito su pequeño gorro rojo junto con su bufanda también roja del perchero y me agacho hasta quedar a su altura. El rojo es su color favorito.
- No me retes más -me dice mientras le pongo el gorro en la cabeza- Hoy es mi cumpleaños y ya tengo cuatro años. Soy una niña grande -alza tres de sus dedos de la mano derecha, creyéndose toda una adulta.
- Te falta uno -le aviso, ignorando lo que me ha dicho- Oye, cambiando de tema, no tenemos que ir con mamá precisamente hoy. ¿Estás segura de que quieres ir?
- ¡Claro que sí! -da un salto y aplaude- Tengo que contarle sobre mi nuevo peluche del ratón Mickey que me han regalado. No podemos no ir.

Bufo, mientras enrollo la bufanda en su diminuto cuello. Lo que menos quiero es ir con mamá hoy, pero la niña está esperanzada con estar a su lado un rato y es su cumpleaños, por lo que simplemente no puedo decirle que no. Tiene poder sobre mí, tal vez porque es la más pequeña. No me sorprende.

Yessica y Farah bajan las escaleras con rapidez, ya listas para salir de casa. Toman sus abrigos del perchero, me aseguro de que Zue esté bien abrigada y abro la puerta. Nosotras dos somos las primeras en salir y cuando estamos abriendo la otra puerta que da del jardín a la calle es cuando ellas nos alcanzan.

- ¿Por qué tan apurada? -pregunta Farah mientras se abrocha el abrigo y meto llave a la cerradura- No hay razón para la prisa.
- Ya son más de las diez treinta -le digo. Alzo mi cabeza y echo un vistazo al cielo- Además, parece que en cualquier momento se pondrá a llover. 

Hace un frío extremo. Al hablar, de mi boca salen no sólo palabras sino que también vapor. Para variar las nubes están casi negras y se ve que no tienen intención de cambiar de color hasta descargar todo como es debido.

Comenzamos a caminar por la acera para llegar a la pequeña estación de taxis. No suele tomarnos más de diez minutos de camino. En el transcurso, Zue suelta un grito, asustándonos a las tres y logrando que nos detengamos. Hace puchero y parece que en cualquier momento se pondrá a llorar.

- ¿Qué pasa, pequeña? -le pregunta Yessica.
- ¡Se me ha quedado Mickey! -se tapa la cara con las manos, avergonzada y triste- Yo quería mostrárselo a mamá. Ahora él estará solo y asustado. 

Lágrimas de cocodrilo comienzan a deslizarse por sus mejillas mientras ella intenta taparlas. La verdad es que no se me pasó por la cabeza que ella iba a querer traer el peluche. Casi puedo jurar que ella me dijo que le contaría sobre su nueva adquisición, no que se lo mostraría. 

Yessica y Farah intentan consolarla sin obtener muchos resultados. No me gusta cuando llora. Siempre intento que sea lo más feliz posible y no soporto el hecho de verla con otra emoción o sentimiento que no sea ese. Sería capaz de hacer cualquier cosa sólo para hacerla sonreír.

- Voy a ir por el peluche -le aviso a las tres. Zue de inmediato se quita las manitos de su cara y me mira, como si una luz la estuviese iluminando- Ustedes caminen hacia la estación. Volveré de inmediato.
- ¿Ya ves? Tu hermana irá por Mickey, no hay nada de que preocuparse -Farah comienza a darle mimos y besitos para que se sienta mejor.
- Corre como el viento, chica -me dice Yessica, sonriendo. Asiento con la cabeza, contagiándome de su sonrisa y comienzo a irme en dirección a casa.

Corro a una baja velocidad y empiezo a pensar en qué haremos hoy. No quiero llevarla directamente a casa luego de que vea a mamá, ya tiene cuatro y ya está formando recuerdos. Quiero que esos recuerdos sean buenos o que por lo menos, al crecer, sepa que en su cumpleaños número cuatro hizo esto y esto otro.

Por lo menos le ha gustado el ratón Mickey. Con Farah y Yessica también le regalamos unas muñecas con unas cuantas golosinas, pero esas las mandó al rincón de su habitación y no hizo más que centrarse en el peluche ese. Tal vez, en lugar de las muñecas, debimos escoger otras cosas.

Esos pensamientos se van de mi mente cuando llego a la puerta de casa y, a lo lejos, una silueta logra llamar mi atención. Entre la niebla no se nota mucho, pero cuando está lo suficientemente cerca me doy cuenta de quién es y que además trae un paquete colgando entre sus manos. Él me nota y de inmediato apresura su paso en mi dirección.

- Le he traído un regalo -es lo primero que me dice cuando está a mi lado. Asiento con la cabeza mientras meto la llave en la cerradura- Lo voy a dejar adentro y quiero que le digas que se lo he dejado yo. Volveré por la noche para verla soplar las velas.

Lo normal que haría cualquier persona cuando ve a otra por primera vez en el día sería saludar, o al menos hacer un intento de saludo. Mi hermano no hace eso. No intento que lo haga, tampoco. Hacerlo sería una pérdida de tiempo, inútil y decepcionante.

- ¿No irás con nosotros? -pregunto con cautela. Sin embargo, hacerlo no me ayuda en nada. El rostro de Bruno se transforma y todo su interior se llena de rabia, tanta, que incluso hace que se note por fuera. Sus fosas nasales se hinchan y una vena en su cuello hace su aparición.
- ¿Estás hablando en serio? -pregunta, tratando de no gritarme en la cara- ¿La vas a llevar con ella en su cumpleaños?

Abro la puerta lo más rápido que puedo y camino hacia la otra puerta, que da hasta al entrada de la casa. Bruno comienza a decirme otras palabras, las cuales intento ignorar. Cuando ya estoy en la sala de estar, comienzo a buscar al ratón de peluche, pero no lo encuentro.

- ¿No vas a responder? -sigue preguntando y siento que en cualquier momento me sacará de quicio- ¿Tu cabeza está llena de mierda o eres incapaz de hacer algo inteligente?
- Cálmate -le pido, ya molestándome- Zue es quien ha querido ir. Yo le pregunté, pero está emocionada por contarle sobre un regalo y mostrárselo. 
- ¡Tiene cuatro años! -me grita- ¡No tiene idea de nada!
- Tiene la suficiente como para saber si quiere ir o no con su madre -lo enfrento, dejando de buscar el peluche y fulminándolo con la mirada- Cuando esta mañana le dije que tal vez no iríamos se puso fatal, entonces decidí llevarla. Está bien que a ti todo te valga una mierda pero no por eso le vamos a arrebatar a la persona que le dio la vida.
- Sólo la conoció un año. ¿Acaso crees que si no la hubieses llevado a verla después de que se fue, ella seguiría acordándose? Eres una imbécil, Isabelle. No tienes ni una puta neurona. La señora asquerosa esa no merece nada de nuestra hermana.
- ¡Es su mamá, Bruno, maldita sea! -le grito- Estás enfermo, busca ayuda, no te soporto. Si vas a estar así todo el día mejor no te molestes en quedarte en casa. La voy a llevar con ella y se acabó. Deja el tema.

Subo las escaleras y voy hacia la habitación de Zue. Cuando entro, de inmediato diviso a Mickey sobre la cama. Lo tomo con cuidado y lo aprieto contra mí. Salgo de la habitación, me voy hacia las escaleras nuevamente y bajo. Pienso que lo mejor será ignorar a Bruno y simplemente hacer caso omiso a su existencia, pero la felicidad de mi hermana vale más que mi orgullo. Justo cuando estoy abriendo la puerta, decido agregar:

- Pensé que ibas a acompañarla a ver a su mamá porque es su cumpleaños y le gustaría tenerte a su lado, pero ni eso eres capaz de hacer. Si no vienes esta noche a pasarlo con la niña, juro que no te lo voy a perdonar.
- ¿Siquiera el viejo ha venido a verla? -me pregunta, ahora ya con una voz calmada. No respondo. Sólo me limito a salir de casa, cerrar la puerta a mis espaldas e irme con un nudo en la garganta.

En el camino hacia la estación de taxis, me esfuerzo por no botar ni una sola lágrima. No puedo dejar que ninguna de mis hermanas sepa que he tenido otra riña con Bruno. La verdad es que no pensaba encontrarlo en ninguna parte porque anoche no volvió a casa y en ocasiones desaparece por más de una semana sin dar señales de vida.

La relación que tiene él con Yessica y Farah es excelente comparada con la que tiene conmigo. Ellos sólo intercambian unas palabras, nunca han peleado, y Bruno se controla cuando hay algo en ellas que le molesta. Tal vez es porque son las menores junto con Zue y eso le hace sentir que debe abstenerse y no decir algo equivocado. Conmigo barre el piso y no tiene ni la más mínima sensibilidad.

Cuando llego a la estación de taxis con el Mickey en la mano, Zue chilla de felicidad. Se le olvida por completo haber llorado hace un rato y se sube al taxi con nosotras completamente sonriente. En el camino, se queda mirando por la ventanilla mientras canta una canción que ha escuchado en el canal para niños de la televisión. Es el único canal que no tenemos bloqueado y está rotundamente prohibido por nuestro padre desbloquear alguno. Por ende, ninguna de nosotras usa el aparato. Sólo nuestra pequeña.

- ¿Cuándo va a venir papá? -pregunta de repente, sin previo aviso. Todos, cada uno de los días, pregunta por él. Y lo detesto.

Farah y Yessica se me quedan mirando, luego se miran una a la otra y finalmente vuelven a mirarme. Las tres sabemos cual será la respuesta a eso, porque siempre respondemos lo mismo, pero cada vez que ella pregunta tal cosa sentimos un cierto aire incómodo y nostálgico.

- Pronto -respondo.
- Ya quiero que venga a casa -confiesa, y el pecho se me estruja- Lo extraño.
- Todos lo extrañamos, Zue, pero tú sabes que él trabaja duro para poder comprar todos los juguetes que te encantan, ¿Verdad? -Farah intenta echarme una mano.
- Ya verás que en unos cuantos días papá vendrá a casa con algo bonito -Yessica también intenta ayudar.
- Sí -nuestra hermanita sonríe- Siempre trae algo bonito. ¡Como la cuna para mis bebés! Yo soy la mamá y ellos mis hijos. Siempre jugamos juntos.

Yessica le pide a Farah que quite a Zue de mi regazo. Ella lo hace y con cuidado se la entrega. Entonces, Yessica comienza a mostrarle un montón de cosas por la ventana para que así se distraiga y deje de preguntar.

Los minutos en el taxi pasan lento. Echo mi cabeza hacia atrás y me limito a cerrar los ojos, queriendo que mi mente se vaya a cualquier otro lugar para ordenarse y conseguir sentirse repuesta. Lo malo es que, por más que lo intente, nunca se repone. Puedo dormir horas y horas, pero al despertar, todo sigue igual. Ando cansada, llena de estrés y con miedo de que Zue en algún momento se de cuenta de lo que en realidad sucede. Pero nunca lo demuestro. Simplemente me quedo en silencio, hago lo que debo y finjo que todo está bien. Si ellas piensan que no me preocupo, creerán que todo está en orden y eso, de alguna forma, las relajará.

Llegamos a nuestro destino y Zue corre hacia las pequeñas tienditas. Elige la que más le gusta en esta ocasión y entra. Cuando llegamos hacia donde está, la encontramos mirando fascinada todas las clases de flores y rosas que hay en el lugar. Pero solamente observa las que son de color rojo.

- ¿Cuáles te gustan? -le pregunta Yessica, muy sonriente.
- Esas de allá -indica con su dedo índice hacia una esquina, en donde se encuentran unos claveles- Pero no podemos llevarlas. A mamá le gusta el amarillo.
- Cariño, puedo hacerles un ramo con los dos colores -una anciana de probablemente unos ochenta años nos habla desde el otro lado de un gran mostrador.

Aceptamos la oferta. Zue escoge las flores amarillas más bellas que encuentra y observa atentamente a la anciana cuando comienza a cortar sus tallos mojados con un enorme y grueso cuchillo. Nos cuenta que su nombre es Clementina y lleva trabajando aquí toda su vida junto a su esposo, que tiene cuatro años más que ella.

Al salir de allí nos vamos hacia las grandes puertas de acero negras que todos los sábados acostumbramos cruzar. En el interior del lugar no hay muchas personas. Sólo una que otra, vagando por ahí, sentadas en unos bancos y hablando lo más bajo posible, como si sintieran que deben respetar cada partícula de polvo a su alrededor y estuvieran pisando una isla conquistada por quienes no son como ellos.

Las cuatro, juntas, caminamos en silencio mientras subimos una colina poco inclinada. No hay césped, no hay naturaleza. Todo es pura tierra, piedra y concreto. Lo único que destaca en el lugar marcando una diferencia son las flores y una pileta en donde se puede sacar agua para regar. Estamos en otoño y, por ende, no hay nada verde.

- ¡Ahí está mamá! -exclama Zue, encantada.

Comienza a correr en dirección a ella y cuando llega se lanza al suelo de rodillas, mientras se afirma de la pequeña baranda que le hemos puesto y mira con atención la lápida de su madre. Ni siquiera tiene su nombre,  ni la fecha en que nació y murió, mucho menos una frase para el recuerdo. Simplemente ahí no hay nada, salvo las flores ya marchitas que hemos dejado el sábado pasado.

Se llamaba Beatriz, y era una buena mujer. Tenía cuarenta y un años, y siempre intentó que nos sintiéramos como una verdadera familia, aún cuando no lo fuéramos. Amaba con su vida a Zue e incluso a nuestro padre. Y, literalmente, la perdió por este último.

- Mamá, mis hermanos me han regalado este peluche. Se llama Mickey, sale en la tele, y yo lo voy a cuidar...

Mientras Zue le comienza a contar todo sobre su cumpleaños seguido por cada cosa que ha hecho esta semana, yo me acerco a la lápida y quito las flores que ya no sirven para después tirarlas a la basura. Zue está tan concentrada conversando que ni se da cuenta de cuando lo hago.

De pronto, en mi mente aparece Bruno. Siempre he pensado que odia a Beatriz porque en el fondo siempre sintió que intentaba reemplazar a su verdadera madre. Porque sí, papá tuvo otra mujer antes de ella. Su nombre era Sandra y sólo la conocí de vista. Nunca me habló cuando pasaba por su lado, lo único que hacía era mirarme y servirme la comida que preparaba.

No era para menos. Yo, cuando llegué a casa, no era más que una intrusa. Tenía diez años cuando mi padre me adoptó, y cuando eso sucedió Bruno ya tenía trece años. Un mes después de haber llegado a mi nuevo hogar, llegó Yessica. Y otro mes después, Farah hizo su aparición, siendo presentada por papá como nuestra nueva hermana menor. En realidad, yo soy mayor que ellas sólo por un año. Por otro lado, ellas dos se llevan por tres meses de diferencia.

Aún puedo recordar el día en que nuestro padre nos dijo que Sandra había muerto. Todos habíamos pasado la noche en casa, incluso habíamos cenado todos juntos como rara vez lo hacíamos. Cada minuto parecía ir mejor, pero por la mañana, papá nos reunió a los cuatro en la cocina y nos dijo que Sandra había fallecido por una falla al corazón.

Bruno se echó a llorar. Papá se comportó indiferente. "La muerte no se puede evitar, muchacho. Miles de personas mueren cada día. Sandra cumplió su papel en esta vida y ahora tú llevarás las riendas de la casa, así como el hombre que ambos te hemos enseñado a ser". Eso fue todo lo que le dijo. Sin embargo, Bruno nunca ha tenido la intención de llevar esas riendas y nunca la tendrá. Fue entonces cuando me di cuenta de que yo sería quien lo hiciera. Y él se perdió aún más cuando la madre de Zue se unió a nuestras vidas.

Lo siguiente prefiero omitirlo. Beatriz, simplemente, no merecía morir. Cada vez que pienso en ella, no puedo evitar revivir ese día. Y cuanto más lo hago, más me recuerdo a mí misma que las dos esposas de papá fueron asesinadas, y que Bruno ha vivido con la mentira de que su madre, Sandra, al igual que Beatriz, murió de una falla al corazón. Eso lo descubrí horas después de haber visto el cuerpo muerto de Beatriz en aquella habitación. Sin embargo, no dije nada. Ni siquiera toqué el tema con papá. No necesitaba tener pruebas, tampoco que me lo confirmara. Simplemente lo sabía.

A menudo me pregunto cómo sería la reacción de Bruno si se enterara. Jamás me lo perdonaría, es lo único que sé. Pero aquí estoy, guardando un secreto más, sabiendo que estoy mintiendo y engañando a las personas que más amo en esta vida. Pero no importa. Yo sólo quiero que vivan.

- ¿A dónde iremos después de aquí? -Farah me saca de mis pensamientos, parándose a mi costado. Está tratando de alisar su cabello con sus manos.
- Supongo que a comer -me encojo de hombros- Papas fritas.
- Sus favoritas. A la pequeña le encantará -Jessica se pone a mi otro costado y echa un vistazo a Farah- ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué te tocas tanto la cabeza?

Farah bufa.

- Se esponja. Detesto que esté así. Parezco un plumero.
- Que exagerada -me pongo a reír- Estás igual que siempre.
- ¿Quieres decir que siempre parezco un plumero? -Farah abre la boca, horrorizada ante la idea. Jessica y yo reímos aún más.

Cuando salimos del cementerio, nos vamos a la tienda de comida rápida más cercana. Nos pasamos la tarde comiendo, riendo y compartiendo entre las cuatro, como las hermanas que somos. Después, de paso, en un puestito de la calle, compramos a Zue un globo de helio color rojo.

Finalmente llegamos a casa. De milagro, al entrar, notamos a Bruno sentado en el sofá, mirando el techo. La verdad es que no esperaba encontrarlo, e incluso pensé que se iría, que no volvería hasta las tantas y que tendríamos que esperarlo para cantar el cumpleaños feliz.

- Eh, enana -Bruno se pone de pie y avanza hasta Zue, quien tiene los brazos en la cadera y frunce el ceño. Bruno la toma en brazos, mirándola sonriente.
- ¡No soy enana! -le discute- Soy una niña grande, no una bebé.
- Sí, lo que digas. Mira, te he traído un regalo. Está en el sofá.
- ¡Oh, sí, bájame! -se comienza a retorcer en los brazos de su hermano, ansiosa por ir a recoger el paquete y ver su contenido. Bruno termina dejándola en el suelo y ella va a por su objetivo. De pronto me empieza a escrutar con la mirada, pero lo ignoro.
- Voy a sacar el pastel de la nevera y pondré la comida en la mesa -avisa Farah, a la vez que toma a Jessica por el codo- Y tú harás el chocolate caliente.
- Agh, ¿Por qué? ¿Qué no ves que estoy cansada?

Sigue quejándose pero se deja arrastrar hacia la cocina.

- ¡Es Minnie! -Zue comienza a saltar y a gritar de felicidad. La ratona, pareja del ratón que le hemos regalado nosotras, es lanzada por los aires una y otra vez.
- ¿Cómo está la vieja muerta? -pregunta Bruno, de repente, en un susurro. Comienza a reír descaradamente como si fuese lo más divertido en el mundo. Por otro lado, ni siquiera me molesto en rodar los ojos. Después de tanto tiempo, estoy acostumbrada a estas típicas preguntas crueles de su parte.
- Descansando, como siempre. Ya sabes.
- ¿Revisaste las almohadas esta mañana? -su cambio de tema me sorprende. Dudo en responder.
- No.
- ¿Y qué estás esperando?

Bruno me toma por la muñeca y me jala hasta las escaleras. Las subimos con rapidez y nos vamos a las habitaciones. Me empuja dentro de la mía, la cual comparto con Zue, mientras que él se va a revisar las otras.

Camino hacia la camita de la pequeña y, un tanto nerviosa, levanto una esquina de la almohada y echo un ojo por debajo. De inmediato suelto un suspiro de relajo. Tomo la almohada por completo y la quito. Ahí, en el que era su lugar, hay un chocolate y una notita.

- Enhorabuena -la voz de Bruno se hace escuchar. Me volteo en su dirección. Está apoyado contra el marco de la puerta con los brazos cruzados- Se ha pasado por todas las habitaciones. Algo es algo.
- Supongo que sí -me encojo de hombros.

Segundos después, ambos estamos llamando a las chicas para que suban. Ellas no tardan nada en hacerlo y, cuando se asoman a la habitación, sonríen de inmediato. Zue corre a recoger el chocolate y la notita, la cual me extiende y me pide que la lea.

Es triste, pero esta es la única forma que usa papá para darnos señales de que aún está vivo. Al principio, desde la primera vez que lo hizo, todos los días revisábamos las almohadas en busca de su marca. Pero luego sus visitas se fueron extendiendo más a más, por lo que ahora ya casi ni revisamos. No sé, pero ningún niño pequeño merece tener comunicación con su padre de una forma tan triste como esta. No.

- Querida hijita -comienzo a leer la nota. La sonrisa de Zue es enorme- Ya eres toda una señorita. Me impresiona lo rápido que pasa el tiempo. Iré a visitarte pronto -hago una pausa y miro el rostro de Jessica, Farah y Bruno. Los cuatro sabemos que ese "pronto" no es exactamente un "pronto"- En la esquina de la habitación hay algo envuelto. Disfrútalo. Te amo. Con amor, papá.

Lo siguiente que sucede es que vemos a Zue encantada abriendo un regalo que se ve bastante voluptuoso. Los trozos de papel van cayendo y nos deja a la vista un bonito pony de juguete para cabalgar.

- ¡Que bonito! ¡Es hermoso! -nuestra pequeña comienza a aplaudir toda emocionada- Me encanta. Sabía que papá iba a venir. ¡Tengo que montarlo! -se prepara para subir una de sus diminutas piernas al lomo del pony.
- Aguarda, chiquilla -Bruno la interrumpe y todos lo miramos. Como rara vez lo hace, está sonriendo con ganas reales- Primero hay que cantar el cumpleaños feliz.

•••

¡Hooola! Aquí está el primer capítulo. Espero que les haya gustado y que lo disfruten. Ha sido una entrada, un inicio, y prometo que lo próximo será mejor. Agradecería que me dejaran +8 comentarios para subir el capítulo siguiente y así saber qué les parece.
Les tengo una recomendación. Una amiga ha creado un blog, tiene una novela, y creo que sería genial que se pasaran por ella y vean qué les parece. El blog es: Hazme sentir vivo (clic para entrar). Un abrazo, las quiero. Besos enormes y nos vemos pronto.

Con dedicación, Tish.

2.6.16

Prólogo - La casa en el Bosque.





Corro hacia mi habitación. Cierro la puerta. Me escondo bajo la cama, llorando como nunca antes lo hice y sintiendo más miedo del que jamás sentí. Sujeto mi cabeza con mis manos, tratando de calmar el dolor que se ha instalado dentro de ella en tan sólo unos segundos. Mi respiración comienza a irse y por primera vez temo por mi vida, temo a mi hogar, temo a quien me ha dado todo lo que he necesitado.

La puerta de mi habitación se abre, soltando un chirrido. Me toman por las piernas, arrastrándome en el piso. Grito tan fuerte como se me es posible, rogando por que alguien venga en mi rescate a la vez que entierro mis uñas en la madera, desesperada por tener algo de lo que sujetarme y salvar mi vida de alguna manera.

Comienzo a lanzar patadas en cualquier dirección cuando intenta venirse sobre mí. Logro darle en la cara y eso es suficiente para que deje de forzar. Su cuerpo se va hacia atrás y choca contra la puerta, que él mismo ha cerrado. Me levanto a duras penas, corro hacia la ventana dispuesta a lanzarme por ella con tal de huir. Pero no lo logro. Me agarra por los brazos y me lanza sobre la cama.

- ¡La has matado! -es lo único capaz de salir de mi boca en un grito tan distorsionado y horrible, lleno de terror y de odio.
- No, hija. Tú no entiendes.

Esa palabra ya no es apta para referirse a mí. Yo ya no soy su hija y no lo volveré a ser jamás. El tono que ha utilizado al decirla ha sido tan sereno, tan tranquilo e indiferente, que me cuesta creer que él realmente sea un humano capaz de sentir y de amar. 

- La has matado -vuelvo a repetir, ignorando lo que me ha dicho y ahogada en sollozos. Comienza a caminar hacia donde me encuentro. Se sienta en la cama y estira un brazo hacia mí, tal vez queriendo consolarme. Irónico- ¡No me toques! -le ordeno, muerta en pánico, doblando mis piernas para que queden lo más lejos de él posible. Él se hace para atrás sobresaltado y entonces escondo mi rostro tras mis rodillas.
- Sí. Lo han hecho -confiesa. Eso no ayuda en nada. Sollozo una vez más- Pero yo no he sido quien la mató.

Me congelo. La imagen del cuerpo de Beatriz, inerte en la esquina de su habitación, se impregna en mi mente. Su cuerpo empapado en sangre, desgarrado y delgado, rodeado de cuatro paredes llenas de manchas rojas, objetos rotos por todo el lugar, y el papel tapiz arañado y destrozado, son demasiado para mí. Ella no lo merecía. No hay motivo para que le hicieran algo como eso. Y una parte de mí, en el fondo, siente que no ha sido papá. Pero nadie más pudo hacerlo. Sólo él. 

- Tienes que creerme -me pide- Jamás te haría daño. Y jamás habría sido capaz de ponerle un dedo encima a mi mujer.
- ¿Te das cuenta de que está muerta? -pregunto, porque realmente parece que él aún no se percata- ¿Dónde están tus lágrimas? ¿Dónde está tu tristeza y tu dolor?
- La vida es así. Ella sabía a lo que se estaba exponiendo.

Intento regular mi respiración al oír aquellas palabras. Alzo mi cabeza, sin dejar de botar lágrimas, pero ahora controlando su intensidad. Me quedo observándolo. No puedo creerlo. Su esposa está destrozada, muerta, en la habitación del fondo de su propia casa, pero él tan comprensivo y justificando el acontecimiento.

- ¿De qué estás hablando? ¿Cómo eres capaz de decir algo como eso?
- Hija -intento no vomitar al oír nuevamente esas cuatro primeras letras- Beatriz sabía los riesgos que tenía el estar juntos. Pero aceptó correrlos. Fue su decisión.

Me quedo en silencio. En una pareja, lo más cercano a riesgo sería poder divorciarse en algún momento a causa de cualquier problema. Pero el que te maten así, de una manera tan horrorosa, no es un simple riesgo. Ha sido asesinada. La han hecho trizas. Ni siquiera perdió su vida. Se la quitaron.

- Esto es lo que vamos a hacer, tienes que escucharme con atención -el miedo comienza a florecer en mi interior nuevamente a medida que se acerca a mí- Le diremos a tus hermanos que Beatriz ha fallecido por una falla al corazón. Ninguno puede enterarse -comienzo a llorar otra vez. Me había olvidado de ellos. Ahora todo es todavía peor. Mis sollozos vuelven, comienzo a temblar y papá, ya harto de mi comportamiento, me agarra la cabeza de una manera brutal y me sacude- ¡Maldita sea, tienes que comprender! ¡No llores!

Sollozo el doble sintiéndome, por primera vez, completamente indefensa. Papá bufa, me suelta y me empuja a un lado, para después ponerse de pie, sacar su teléfono del bolsillo y hacer una llamada. Sale de la habitación para tener más privacidad. No sé por qué hace eso. Ocultar una llamada no es nada comparado con ocultar un asesinato.

Un bebé comienza a llorar y a gritar. De inmediato dejo de llorar. Me seco la cara con las palmas de mis manos. Ese diminuto llanto, esa pequeña señal de vida es una especie de bocanada de aire. A estas alturas, lo único que podía esperar es que mi hermanita menor estuviera muerta.

Me pongo de pie y avanzo con rapidez hacia la salida. Salgo. Entro a la habitación de donde proviene el griterío. Su cuna está toda revuelta. Los llantos y los gritos vienen desde el armario. Con rapidez abro la puerta de éste, deseando verla sana y libre de cualquier tipo de daño.

La bebé está envuelta en una manta color rojo. Rojo natural. No está teñida en sangre. Me agacho y la tomo. Su chupete se le ha caído, y me doy cuenta de que esa es la razón por la que se ha hecho escuchar por toda la casa. Tan pronto como se lo meto en la boca, se queda muda. Una minúscula sonrisa se forma en mis labios al momento en que la aprieto contra mi pecho y comienzo a llorar, sin hacer ni el más mínimo ruido, en completo silencio. Está viva. No han acabado con ella.

- Tal vez no lo entiendas ahora, hija -la voz de mi padre se escucha tras de mí. Me giro- Pero acabarás haciéndolo.
- Ya basta, por favor -lucho contra las ganas de tirarme al suelo y hundirme en la miseria- Entiendo todo. No tienes que explicarme nada. Mataron a Beatriz por tu culpa y ahora mi hermana se ha quedado sin madre.

Parece que va a gritarme, pero se abstiene y se termina tragando cualquier cosa que tenía pensando decirme. Yo tengo razón. Y él lo sabe.

- No olvides lo de la falla al corazón -me recuerda. Miro al suelo, tan dolida como nunca lo estuve y deseando que todo fuese una broma.
- No puedo guardar ese secreto, papá -intento explicarle como se me es posible. Un par de lágrimas vuelven a caer por mis mejillas- Hay que llamar a la policía. No podemos quedarnos de brazos cruzados. Debemos hacer justicia...
- ¡Por favor, niña! -me grita eufórico, interrumpiendo mis palabras- ¿Cuál justicia? ¿Quieres levantar sospechas y meterme a la cárcel? Si tú tocas ese teléfono te van a matar. Irán tras de ti y acabarán contigo.

Papá se muerde la lengua. Frunce el ceño al momento en que se queda analizando lo que se le ha salido frente a mí y lo siguiente que por poco se le sale. No puedo evitar entre abrir mi boca de la impresión. Cuando reacciono, voy hacia la cuna deshecha. Pongo a la bebé con sumo cuidado dentro de ella y por un par de minutos no hago más que mirarla.

- Si tú haces esa llamada, armarás una guerra -continúa diciendo. Trago saliva- Muchas personas malas vendrán en busca de su objetivo. Y no puedo asegurar mantenerlos a ustedes con vida.
- ¿En qué estás metido? -pregunto en un susurro.

La verdad es que espero que me responda. No quiero formar una película en mi cabeza, no quiero preocuparme más de lo debido. Esta mañana, antes de salir de casa, nuestra vida estaba completamente normal. Ahora es todo, excepto eso. Y es un golpe muy fuerte para aceptar.

- Eso es algo que no me puedo permitir contarte.
- ¿Por qué vendrían por nosotros? ¿Por qué matarían a una mujer buena de una forma tan cruel? ¿¡Y por qué demonios he tenido que ver un cuerpo descuartizado de mierda!? -comienzo a gritar, llena de ira. Me giro en su dirección y lo miro con odio- ¿¡En qué puto mundo vives, enfermo hijo de puta!?
- ¡Ten cuidado y respeto conmigo! -exclama. Su rostro se ha puesto totalmente rojo- ¡Yo te di un hogar! ¡Yo fui quien hizo que tuvieras una vida! ¡Te vistes y comes con mi dinero! ¡Tú saliste del orfanato por mí!
- ¡Me estás pidiendo que le diga a mis hermanos una  mentira! ¡Me obligas a que no llame a la policía! ¡Hay gente tras nosotros y no sé por qué! -nuevas lágrimas comienzan a caer. Me tiro al suelo de rodillas. No puedo más- ¿¡Cuánto tiempo más ibas a ocultarnos lo que sucedía!? Beatriz estuvo con ojeras varios meses, miraba para todos lados como asustada o buscando algo. ¿Ella sabía que la matarían? -mi tono de voz comienza a disminuir- ¿Y por qué nunca estás en casa? Te vas tanto tiempo. Ahora estaremos solos, nos matarán, no hay salida, y no tengo idea de por qué...
- No. Si tú guardas el secreto estarán a salvo.
- Es que no puedo -me tapo la cara con mis manos, muerta de miedo y decidiendo entre confesar o no confesar a todos- No puedo engañarlos. No.
- El mundo está contaminado. Es así. Siempre lo ha sido. Lo que has visto y conocido es la realidad. Tal vez no sea lo correcto, pero de ti depende si tus hermanos siguen con vida. Ellos están en tus manos. Si dices algo, no será necesario que alguien venga por ustedes y los mate. Tú ya lo habrás hecho.

Pienso. Intento procesar cada una de las consecuencias en caso de aceptar o no aceptar. Pero sucede que papá sabe lo que está haciendo. Está manipulando mi mente, asustándome, queriendo que la culpabilidad surja en mi y me impida abrir la boca ante lo sucedido. Lo peor es que lo logra. Porque, con lo que ha pasado y con el lado que he conocido de él, junto con todo lo que me ha dicho y pedido, no creo que sienta que es necesario mentirme. Simplemente está diciendo la verdad. Y lo que pase en nuestro destino solamente lo puedo decidir yo.

Amo demasiado a mis hermanos como para dejarlos morir y si algo les pasara por mi culpa no me lo perdonaría jamás. Sí, han matado a Beatriz, pero ya no hay vuelta atrás. Está muerta. Ya no siente, ya no respira, ya no vive. Ahora es nada. Y aunque yo odie mentir, aunque en el futuro me sienta como una asesina y una cómplice de la maldad humana, tengo que hacer lo que esté a mi alcance para sobrevivir y para salvar la vida de mis amados.

Papá me toma por los brazos y me ayuda a mantenerme de pie. Quiero empujarlo lejos, pero a pesar de todo, quiero sentirme protegida y que me haga saber que está aquí para nosotros, aún cuando él mismo sea el culpable de todo lo que ha pasado.

Sus brazos me rodean y sigo llorando en su pecho. No sé si este hombre se siente mal por mí o si se sienta culpable de lo que causa, pero no tengo a nadie más y él es el único que podría entender la forma en que me siento teniendo que ocultar algo tan horrible, porque sólo él y yo sabemos lo que sucedió. Sólo él y yo hemos visto.

- ¿Guardarás nuestro secreto? -me pregunta susurrando. Un escalofrío recorre mi cuerpo. Lo que yo necesito es un padre normal que me dedique palabras de consuelo, no una pregunta como esa- Si aceptas, mañana mismo programaremos una mudanza. Ustedes se irán y yo los mantendré encubiertos, intentando dar las mínimas señales posibles de su paradero. Podrán vivir tranquilos.
- ¿Y tú? -lo abrazo con más fuerza- No puedes dejarnos.
- Si quieren vivir, voy a tener que mantenerme alejado. No puedo dar indicios. Tienes que entenderlo, hija -me pide. Y por un momento siento que de verdad quiere protegernos- Pero tienes que decirme tu decisión. ¿Guardarás lo que viste? ¿Dirás que Beatriz fue asesinada?

Cierro los ojos y aspiro el aroma de la camisa del hombre que me ha dado un hogar y una familia. Nadie elige quién lo cría, y si me ha tocado vivir esto tendré que ser fuerte y afrontar lo que venga. Estoy segura de que montones, pero montones de obstáculos se van a atravesar en mi vida desde ahora. Seguramente estaré atormentada, queriendo gritarle al mundo lo que he visto hace unos minutos. Pero si quiero mantener a mis hermanos con vida, tendré que endurecer mi interior. Tendré que ser valiente.

- No, papá -respondo. El cuerpo de papá se tensa- Beatriz no ha sido asesinada -aprieto mis ojos con fuerza, preparándome para decir lo que viene y queriendo acostumbrarme lo antes posible- Ella ha muerto de una falla al corazón.

•••

¡Hola! ¡Tantos días! He vuelto con una nueva historia y espero que les guste hasta como no tienen idea. Aquí les he dejado el prólogo, una muestra de lo que va a venir esta historia. La verdad es que ya lo tenía casi listo pero por alguna razón no podía terminarlo, pero hoy, que está lloviendo y he llegado de clase con mi mente hecha maravillas, no he podido aguantarme las ansias de escribir lo que continuaba. Espero que me dejen +8 comentarios, para así saber qué tal les parece esta nueva temática para escribir mis historias. De verdad quiero saber sus opiniones. Un beso y las quiero muuuucho. Muah.
Con dedicación, Tish.

7.5.16

Mi nueva forma de escribirles.


¡Hola! Hoy vengo a decirles unas cuantas cositas. Estoy aquí para decir que ahora es cuando comienza una nueva etapa en el blog, un nuevo comienzo, un nuevo proyecto. Esto me tiene muy contenta y no puedo esperar a comenzar.

Primero: He cambiado el nombre del blog. Ahora se llama "Mente en el baúl".
Segundo: La novela que escribiré próximamente será de Acción. Bueno, no sé si se le puede llamar así, pero se va por ese lado, uno que no he experimentado antes por mí misma y estoy ansiosa de probar. Tengo la esperanza de que será un gran reto y un buen proyecto, me ayudará a mejorar en mi escritura e imaginación.
Tercero: Confirmo que ya no usaré al personaje de Justin. Sé que para algunas de las que me sigan leyendo probablemente será un cambio rotundo. A raíz de esto supongo que no todas se quedarán, pero es que ahora quiero tener mi propio personaje, uno que realmente he creado yo, que no tenga un prototipo y que cada una se lo pueda imaginar como desea su mente. Quiero que sea más personal y especial.
Cuarto: Ya tengo la portada de la nueva novela. Más bien está casi completa, solamente me falta el nombre que tendrá. De verdad, aún no puedo quedar conforme con los que se me han ocurrido. Han venido varios a mi cabeza, pero como que no quedan y entonces siento que me explota la cabeza JAJAJA. 
Quinto: En Fresa con Chocolate, los protagonistas pasarán a llamarse Cristal y Seth.
Sexto y último: A las que han comentado en el último capítulo de Fresa con Chocolate, les he escrito unas cuantas palabras bajo su comentario, así que espero que se pasen a echar un vistazo y que les guste. Es con mucho cariño.

Montones de besos a cada una. 
Espero empezar pronto con mi nueva novela. 
Las quiero 
Posdata: ¿Se han dado cuenta de que
ahora destaco con color azul?




27.4.16

Último capítulo - Fresa con Chocolate.



Tomo el celular de mi mesita de noche. Ha llegado la hora. He hecho varias llamadas telefónicas para lograr conseguir estos números. Cada uno de ellos es de los chicos de los cuales me burlé y a los cuales humillé en su cara. No todos, pero sí los que creí necesarios. Algunos de esos chicos eran bastante capullos, así como Julián, y creo que se merecían malos tratos de mi parte. Otros, sin embargo, nunca los vi hacer algo malo, e incluso creo que fueron bastante buenos conmigo. A mí eso no me interesó. Me dio igual. Y estuvo muy mal.

Cuando me contestaron, la mayoría me demostró desconcierto. Casi no dijeron una palabra, es más, creo que incluso pensaron estar alucinando o que tal vez era una broma pesada de mi parte. Eso no me sorprendería, porque considerando la forma horrible en que fui con ellos, es algo difícil de creer que yo podría disculparme tan sinceramente y que haya hecho méritos para contactarlos. E incluso admito que, poniéndome en el lugar de ellos, ni siquiera yo me creería.

Tecleo el último dígito. Doy a llamar con un poco de dificultad a causa del nerviosismo que siento. Llevo el celular a mi oreja y espero paciente, preguntándome cómo será la conversación. ¿Me mandará al diablo? Sí, posiblemente eso.

Al quinto pitido recién logro escuchar un pequeño estruendo. Los segundos se hacen eternos para mí, pero en un abrir y cerrar de ojos me encuentro escuchando su voz. 

- ¿Diga? -contesta. Espero. Me cuesta un poco comenzar a hablar. Es como si la boca se me hubiese quedado pegada y no pudiera abrirla.
- Hola, Darío -logro saludar.

Silencio inmediato. Él no dice nada. Es como si la conversación solamente hubiese sido de esas tres palabras y no diera para más. Tal vez está tratando de averiguar si la persona a la que ha escuchado a través de su celular realmente soy yo. Y es que tan raro, porque yo nunca habría hecho algo como esto ni en un millón de años. No sé que lo es más, si eso o el hecho de que por mi cuenta lo he buscado.

- ¿Cristal? -su sorpresa es evidente- ¿Eres tú?
- La misma -confirmo.

Otro silencio. Para Darío tal vez esto es algo fuerte. Han pasado varios meses, nunca habíamos hablado por teléfono, así que tal vez sólo esté confundido porque mi voz le suena diferente o algo así. No lo sé. 

- ¿Necesitas algo? -intenta ser educado, pero la ligera amargura que traen sus palabras no pasan desapercibidas. Lo he notado.
- Solamente quería pedirte perdón.

De nuevo, silencio. Estoy segura de que sabe de lo que hablo. Esperaba que, en estos momentos, él estuviera gritándome mi vida entera. Es lo más lógico que uno pensaría después de lo que hice. Pero no. 

- Cristal, sobre eso, yo...
- No. Lo estoy diciendo de verdad. Perdón. Lo que te hice estuvo mal. Sé que ya no vale mucho, pero nunca debí tratarte así. No debí jugar contigo, no debí hacerte gastar dinero para nada, y quiero que sepas que eres una gran persona. Fuiste bueno conmigo. Y me aproveché.

Hablar con Darío otra vez me hace sentir bastante mal. Si debo ser sincera, diré que, cada vez que pasaba el rato con él, podía sentir que me divertía. No era un chico aburrido, creo que incluso habríamos podido ser bastante unidos. Tal vez no como una pareja, pero sí como amigos, y yo no estuve dispuesta a nada de eso. Creo que de todos los chicos a los que traté fatal, él fue el que menos se lo merecía. 

- Tú me gustabas de verdad -confiesa con tono tenso. Trago saliva. Mi culpabilidad crece. Habría preferido no oír esa confesión.
- Y lamento eso, también. Porque yo no valía la pena en ese entonces. Es algo que no puedo explicar. Pero la verdad es que no estaba siendo yo misma. Y de nuevo, lo lamento.

No lo digo en plan de querer darle pena. Es la simple realidad. ¿Por qué yo la habría valido? Estaba contaminada por dentro. Solamente quería odiar y lastimar, hacer daño una y otra vez para saciar mi dolor. Seguí haciéndolo muchas veces, porque creía que nunca sería suficiente, que siempre el sufrimiento de los otros se vería corto al lado del mío.

- ¿Ahora sí la vales? -pregunta. Esto me toma desprevenida.
- Para nada. Es más, creo que nadie vale la pena de alguien más, ni siquiera yo -trato de expresar lo que realmente pienso y siento- Pero puedo asegurar que ahora me considero una mejor persona. No una ejemplar, pero me esfuerzo por mejorar cada vez más. Y me está dando resultados positivos.
- Eso me parece genial -puedo notar que su voz ya suena un poco más relajada- Me alegra saber que ahora los hombres podemos estar más tranquilos.

No digo nada. No sé si ha sido una broma o si lo ha dicho para hacerme sentir mal, pero decido pensar que es lo primero. Una pequeña curva hacia arriba se forma en mis labios. Siempre ha tenido sentido del humor. 

- También quiero pedirte perdón -dice de repente. La interrogante se activa en mí.
- ¿Perdón por qué?
- No sé si te acuerdas, pero te llamé puta cuando me mandaste al diablo y te dije que te metieras el Subway por donde te cupiera.
- Oh -hago una mueca, aún cuando él no puede verla, recordando el momento- Tienes razón. Te perdono, descuida. Entiendo lo que pasó. No es nada.
- Fue poco caballero de mi parte.
- Estoy bastante segura de que yo fui poco señorita contigo, así que supongo que estamos a mano. No nos debemos nada.
- ¿Hay que tomar esto como una especie de tregua?
- Podemos llamarlo así, si quieres.

Nuestra conversación se queda ahí. Nada más escucho el sonido de su respiración. Sé que seguramente ya está harto de la conversación, y considerando que se ha portado bien dándome un poco de su tiempo para esto, creo que ya es hora de dejarlo en paz.

Justo cuando estoy por despedirme, decide añadir:

- Oye, espero que no te tomes esto como una insinuación o algo por el estilo, pero... -hace una vaga pausa- Los duendes dicen que tienes una relación. ¿Es cierto eso?

Sonrío un poco. Seth. Nada más al oír de él se enciende una chispa de emoción dentro de mí. Es algo automático que no puedo evitar. Y espero que sea así por mucho tiempo.

- Sí. La tengo hace unos cuantos meses -admito, tal vez bastante orgullosa- Pero a mí también me llegaron los comentarios de que tú estabas con alguien.
- Lo estuve, pero actualmente no. Digamos que no funcionó.
- Lamento mucho eso.
- Descuida, ella no era para mí. Y yo tampoco era para ella, claro está.
- Debes saber que serías un buen partido.
- Me habría gustado serlo para ti -suelta. Me da un vuelco en el pecho.

De acuerdo, tal vez no fue muy buena idea haberlo llamado ahora. Tal vez no era el momento. Al parecer aún está dolido por lo que le hice. Sinceramente pensé que lo olvidaría con facilidad.

- Darío...
- No, ya, lo dejo. Olvídalo. Entiendo que tú estás con alguien ahora. Es mi culpa haberme ilusionado demasiado rápido.
- Yo sabía que lo estabas. Fui una maldita. No fue tu culpa.
- De ambos, hay que admitirlo -se queda callado. Respeto sus continuos momentos de silencio- Sabes, nunca me imaginé recibir una llamada tuya. Mucho menos ahora, después de meses, casi en el  final del verano.
- Ni yo me imaginé estar haciéndolo, créeme -suelto unas risas sin darme cuenta. Darío, al otro lado de la línea, también ríe.
- Tal vez cuando empiece nuestro último año en el instituto podamos volver a retomar lo que teníamos -Analizo lo que me dice. ¿Y si sólo estoy logrando que se ilusione de nuevo? No sé muy bien cómo interpretar sus palabras. Estoy por responder, pero agrega:- Repito: Sé que tienes una relación. Pero me gustaría que podamos ser amigos. Me gustaría conocer a Cristal. A la real. A la verdadera.

Sonrío. Su propuesta no me parece mal. Incluso creo que está siendo sincero, él quiere ser mi amigo. Hace mucho no he tenido un amigo hombre y creo que de todos los candidatos en el planeta, el último en la tierra para considerar habría sido él, dado lo que sucedió entre nosotros.

- Me parece bien -acepto- Sería genial tener un amigo.
- Él es afortunado -su rápido cambio de tema me hace helar la piel. Mi pecho se oprime- Eres linda, creo que lo sabes. Pero a pesar de no haber conocido a la verdadera tú, sé que eres dulce, amable, que tienes carácter, pero que también que no eres cruel como aparentabas ser. Me lo has demostrado ahora. No cualquiera es capaz de contactar a alguien a quien lastimó porque de verdad le ha nacido hacerlo. No todos admiten sus errores e intentar corregirlos. Eso habla muy bien de ti. Y espero que él logre valorar todo eso y más, tal y como lo mereces.

Mis ojos se llenan de lágrimas. ¿Por qué fui tan ruin con Darío? Él, a pesar de todo, piensa que merezco lo mejor. Sabía que estaba ilusionado, pero nunca pensé que tanto. De hecho, creí que lo olvidaría pronto, porque cuando le mandé a volar ese día en el instituto se puso duro y actuó como si le valiera. Cuando pasaban los días, a veces me echaba una mirada por los pasillos pero era completamente neutra. Ahora me doy cuenta de que ocultó sus verdaderos sentimientos.

Pienso en Seth. Sonrío entre mis ojos llorosos. Él sí logra valorarme, en cada aspecto, en cada forma, en cada ocasión. No sé qué hice para merecer a una persona tan maravillosa. Actué tan incorrectamente, pero al parecer la vida ha tenido piedad de mí y me ha dado una última oportunidad. Una para hacer crecer mi alma y para hacer las cosas bien.

- Yo espero que tú puedas conseguir a una chica que sí sea para ti -le digo, queriendo dejar atrás esas lágrimas que amenazaban con salir- Una bonita, dulce, divertida como tú, pero que sobretodo ame ir al Subway cada día, a cualquier hora. Guatita llena corazón contento.

Darío suelta carcajadas.

- Estás demente. Pero tengo que admitir que eso me gustaría.
- Cuando suceda debes contarme todo.
- Sólo con una condición.
- ¿Cuál? -pregunto con curiosidad. Él toma aire.
- Sólo si prometes que, si llegamos a ser grandes amigos, me dirás la razón por la que fuiste así conmigo. Prométeme eso y te contaré hasta lo que no querrás oír.

Por primera vez en mi vida la condición de tener que contar algo sobre mí me parece bien. No sé, pero ya no siento pena ni me siento avergonzada teniendo que hablar sobre mi pasado. De alguna manera siento que puedo confiar en Darío. Además, él dice que lo haga cuando seamos grandes amigos. No me lo está pidiendo de inmediato. Él quiere ganarse mi confianza. Está dispuesto a eso.

- Me parece bien -acepto, satisfecha con mi decisión.
- Perfecto. Es una promesa, entonces.  
- Dalo por hecho.

El sonido de unas voces ajenas a las nuestras se escuchan a través de la línea. No logro entender muy bien lo que dicen. Darío hace un ruido de insatisfacción con la garganta, una especie de gruñido.

- Ya es hora de irme -avisa con desgano- Pero estoy seguro de que hablaremos pronto.
- También estoy segura, no tienes que dudarlo -le dejo en claro- Cuídate mucho. Ten un buen final del verano. Sólo quedan un par de semanas.
- Igualmente, chiquilla. Estás perdonada. Me alegra haber vuelto a hablar contigo.
- Tú igual estás perdonado por haberme llamado puta.

Ambos reímos. Es increíble que algo como eso nos haga reír.

- Tal vez "puta" sea nuestro siempre.
- Por favor cállate -explotamos en unas sonoras carcajadas de inmediato, las cuales logro tranquilizar rápido- ¿Es en serio? ¿Tenías que decir eso? Le diré a todo el instituto que eres fan número uno de Augustus Waters.
- Hazlo, jamás negaré mi amor por ese muerto hombre.

Sus carcajadas van disminuyendo, y entonces una preciosa felicidad va creciendo en mi interior. He hecho lo correcto. Llamar a Darío ha sido una de las mejores decisiones que he tomado. Atreverme a arreglar mis errores ha valido la pena.

Cuando ya ninguno de los dos ríe, volvemos a quedarnos en silencio. No es incómodo. No me molesta. Creo que podría acostumbrarme a eso.

Nuevamente, voces se escuchan en la línea. Suelto un suspiro.

- Es hora.
- Vete, tranquilo -le permito- Gracias por todo.
- No hay de qué -aún no se va. Me hace sentir bien, porque de alguna u otra manera así sé que de verdad me ha perdonado. Me confirma que por fin todo está bien- Te veo el primer día de nuestro último año, Cristal. Hasta pronto.

Una pequeña sonrisa se va formando en mis labios.

- Ahí estaré, Darío -y es todo. Cuatro segundos después, se corta la llamada.

Alejo el celular de mi oreja. Respiro hondo, sintiéndome relajada de una manera inexplicable. De verdad, no podría estar más orgullosa de mí. Por fin siento que he cerrado un ciclo. Por fin siento que he remediado mis errores lo más que podía. Mis padres estarían orgullosos de mí también, eso si supieran todo esto. Nunca lo sabrán, pero eso no es lo importante. En mi corazón siento que lo estarían.

Alzo mi mirada. Fabiola está sentada a los pies de mi cama, observándome con una sonrisa. Me regala un asentimiento de cabeza y eso me hace sentir algo en mi pecho. Es impresionante, cada vez que ella me da a entender que he hecho bien, me doy cuenta de que estoy mejorando. Porque ella no es como yo. Ella es más correcta. 

- Eres increíble -con lentitud va poniéndose de pie. Termina sentándose a mi lado, y me pone una de sus manos en uno de mis hombros- Siempre supe que podrías. Me enorgullece tener una mejor amiga como tú, Cristal. Soy afortunada de tenerte.

Mis ojos se humedecen un poco  y casi puedo jurar que los suyos también lo están. Escucharla a ella decir esto sobrepasa los niveles de felicidad. Fabiola es quien me vio en todas mis facetas. Me vio siento cruel, me vio llorando, me vio feliz, me vio fingiendo, me vio sufriendo, me vio cambiando... Y sigue aquí. Sigue conmigo a pesar de todo.

- Y yo también lo soy, amiga.

Estiro mis brazos hacia su anatomía y ella se acerca a mí. Oculto mi rostro en su cuello, y ella oculta el de ella en el mío. Nos quedamos así, calladas, sin decir nada más. No tengo dudas: Cuando nos necesitemos nuevamente, estaremos así, cargando nuestro peso en la otra, serenas y en paz, sabiendo que no importa cuánto tiempo pase, ninguna se irá. No importa si hay peleas, discusiones, o malas rachas. Nosotras seguiremos unidas.

- ¿Por qué escuché la voz de mi novia en la habitación de mi odiosa hermana? -la voz de Drew se escucha a través de la puerta. Las dos nos separamos, riendo. Miramos a la puerta y segundos después ésta se abre- ¡Eres tú!

Corre hacia la cama y se lanza. Rodea a Fabiola con sus brazos, la acuesta en la cama, se pone sobre ella y comienza a besarla. Por Dios, ¿Y estos qué se creen? ¿Piensan que están en una porno?

- De acuerdo, pueden hacer eso en otro lado. ¿Por qué tengo que estar presente cuando sus hormonas se alteran? -me quejo, pero ninguno me hace caso- ¡Necesitan controlarse! -vuelven a ignorarme. Drew comienza a darle un beso aún más apasionado- ¡Heeey! -comienzo a darle puñetazos en la espalda, muerta de vergüenza- ¡Hooola! ¿Puede alguien oírme?
- ¿Qué les he dicho de tener demostraciones de amor explícitas frente a mi novia? -una voz ronca, sexy y masculina que conozco al revés y al derecho se hace notar.

En la puerta, tan guapo y perfecto como siempre, está Seth. Sonrío de inmediato. Me pongo de pie con agilidad y corro hacia él, lo que es increíble, porque yo nunca corro.

Me lanzo sobre él, mientras lo rodeo con mis brazos y escucho unas pequeñas vibraciones en su pecho originadas por las risitas que ha soltado. Me gira por los aires, una y otra vez.

- ¿Cómo está mi mujer favorita? -me pregunta cuando se detiene. Deposito un beso en su cuello- Yo estoy muy bien, sobretodo ahora.
- Me alegro mucho. También estoy bien, pero pensé que llegarías más tarde -me baja, pero se queda abrazándome por la cintura.
- Pensé lo mismo, tenía que terminar algo antes de venir, pero lo he hecho antes de lo previsto y no dudé en venir de inmediato.

Me suelta y veo que agarra un objeto que está apoyado en el marco de la puerta. No había visto que trajera algo con él. Es una especie de rectángulo grande, pero su ancho no es de más de cuatro centímetros. Está cubierto por una fina tela de color negro, y eso es suficiente para despertar mi curiosidad. Él oculta lo de abajo.

- ¿Qué es eso? -pregunto, alzando una ceja.
- De acuerdo, nos vamos -avisa Drew, cogiendo a Fabiola de la mano y sacándola de la habitación- Volvemos en cinco minutos. Estaremos por ahí.
- Cuidado, eh. No están solos -les recuerdo, riendo.

Fabiola se sonroja y se encoge de hombros. Se van enseguida. De pronto ya no están y estamos Seth y yo, completamente a solas en la habitación.

Seth ya no está a mi lado. Lo busco con la mirada. Él se ha trasladado a los pies de mi cama. Me hace un gesto para que me acerque. No dudo ni por un segundo en hacerlo. Voy hacia él, me pongo a su costado y observo sus manos coger el rectángulo cubierto con la tela. Tengo la sensación de que me gustará. Él siempre busca la manera de que las cosas me agraden.

- Lo habría traído mucho antes, pero no estaba terminado. Sentía que le faltaba algo. Ahora, finalmente, está completo.

No sé de lo que me habla, pero asiento con la cabeza. Lleva el rectángulo hacia una de mis paredes. Diviso un pequeño clavo en la que elige. De acuerdo, ahí no había un clavo antes pero supongo que Seth lo ha clavado ahí, dado que acostumbra a hacer este tipo de cosas a mis espaldas cuando se trata de un regalo o una sorpresa. Me encanta que lo haga. Siempre tan preparado. Siempre tan perfeccionista.

Cuelga el rectángulo gracias al clavito. Con sus dedos toma una pequeña parte de la tela, se gira hacia mí y me observa fijamente. Sonrío un poco, esperando a que decida mostrarme lo que contiene ese rectángulo.

De pronto, la tela negra cae al suelo. Me quedo congelada. No. Esto no es una simple figura geométrica. No es un rectángulo de porquería. Esto un cuadro. Y en este cuadro, estoy yo. No lo me lo puedo creer.

Hago algo tan cotidiano, tan real. Es como verme a mí misma en carne y hueso. Estoy ahí, haciendo algo tan poco importante como estar sentada en la mesa de la cocina, mirando mi tazón de cereales sin tocar con una mirada perdida, vacía, sin sentido alguno, tal vez como esperando algo de la vida. 

- ¿Recuerdas la foto que te tomó Drew? -me pregunta, sacándome de mi trance.

Hago memoria. Sí. Por supuesto que la recuerdo. Ese día por la mañana tenía que ir al instituto y no me sentía nada bien. Hubo un momento en que me descuidé y volví a la tierra cuando sentí el sonido que hace la cámara cuando capta una fotografía. Drew me había tomado una. Me enfurecí, y él me dijo que necesitaba esa foto.

- Pensé que era para hacer un meme sobre mí y pegar copias por toda la universidad -balbuceo, sintiendo que me baja la sensibilidad- Eso fue lo que me dijo Drew...
- No, Cristal -me corrige Seth- Él tomó esa foto porque yo se lo pedí.

Me quedo en silencio, impactada. No es algo que me esperase. No puedo describir la manera en que me siento. Mis ojos comienzan a humedecerse y no puedo hacer nada al respecto.

Dejo de mirar a Seth para regresar mi mirada a su cuadro. ¿Así solía verme? Luzco tan deprimida, tan sola, tan desorientada, sin emoción alguna. Quizás desamparada. Por más que intento adentrarme en mi mente, no logro recordar qué es lo que estaba pensado, pero seguramente no era algo que me hacía sentir feliz.

Una imagen viene a mí. Drew me tomó esa foto después de la fiesta en que Seth y yo nos besamos por primera vez. A medida que pasaban los días, comencé a tener pesadillas horribles con la persona que me atormentó por tanto tiempo. Es increíble el dolor de sentía. Puedo sentirlo a través de la pintura. En ese entonces, ya no me estaba funcionando el ocultar mi dolor. Y Seth era causante de eso, porque  él llegó a mi vida y revolvió todo. Él me descubrió.

- Es gracioso -comienza a decir. Vuelvo a verle. Parece incrédulo, como si lo que fuese a decir a continuación fuese algo casi irreal- No sé por qué le pedí esa foto. Tal vez sí. Yo te había besado, sabía que sentía más de lo que debería por ti y tenía una necesidad de pintarte. Nunca pinté a alguien con quien tuviera contacto, ni aunque me pagaran. Pero, no sé, yo quería pintarte. Es ridículo, lo sé. Cuando le pedí la foto a Drew, me miró como si estuviera volviéndome loco. Y creo que tenía razón. Yo me estaba volviendo loco. Por ti, Cristal. La chica misteriosa me estaba enamorando a una velocidad enorme, y yo no me daba cuenta.

La primera lágrima cae por mi mejilla. Avanzo hacia él y sus brazos me acogen de inmediato. Parezco una niña llorando, pero es que nunca había estado tan feliz y completa en toda mi vida. Nunca, nadie, hizo algo tan hermoso por mí. Nadie nunca pintó para mí. Por más que le sugerí a Drew que me pintara, nunca quiso hacerlo. Seth lo ha hecho, pero sin que yo se lo pidiera. No me ha pedido nada a cambio de hacerlo. Ha hecho arte para mí. Yo soy su arte en este momento.

- Cuando teníamos esos problemas, esas peleas y discusiones a cada momento, nunca pensé en desistir de conocerte y saber más te di. Estaba obsesionado, tú me llamabas. Me sentía como un imbécil. Me cabreabas. Y tú eras siempre tan complicada y difícil, pero tan maravillosa y especial, que...
- Seth... -comienzo a sentirme mal, porque en el fondo, cuando él recuerda eso, también se siente así- Está bien, de verdad. No tienes que decir nada...
- ¿Tienes idea de cuánto te amo? -me dice al oído. Toma mi cabeza entre sus manos y me hace mirarle. Lo veo un poco borroso por el agua que acaba de brotar de mis ojos. Él está emocionado e intenta no hacerlo tanto como yo. Intenta mantenerse estable- Dime, ¿Tienes idea? ¿La tienes?
- Sí, por supuesto que la tengo -respondo con seguridad- Sé que me amas. ¿Y tú tienes idea de lo mucho que yo te amo?
- Claro que sí -asegura tal y como yo, sin rechistar- Jamás podría dudar lo nuestro, pequeña. Eso sería lo último que haría.

Abrazo a Seth por su cuello, busco su boca y lo beso. Él me corresponde con toda la pasión que sólo él es capaz de entregar. Me hundo en nuestro beso, saboreando cada momento, cada segundo, y aprovechándolos como si fuese el último que tuviéramos. Él me embriaga. Él me complementa. Él es parte de mí, en todos los aspectos posibles. En éste momento me agradezco a mí misma y agradezco a quienes estuvieron conmigo, porque pude abrir los ojos. De haber seguido siendo como cuando conocí a Seth, estoy segura de que lo habría perdido. Ahora pienso que eso pudo haber pasado, y no me imagino el sufrimiento que habría sentido ni lo mucho que me habría arrepentido.

- Habría podido pintarte sin la foto -susurra Seth sobre mis labios, muy lentamente- Pero quería que fuera perfecto. Conozco cada parte de ti, cada rasgo, por completo.
- Lo ha sido -le doy por sentado- Es el más perfecto regalo que me han dado.
- Me alegra saberlo -sonríe ampliamente- ¿Y sabes qué más he traído?
- ¿Qué cosa? -pregunto ansiosa.
- Un postre de Fresa con Chocolate -me cuenta- Te va a encantar.
- Me gusta más que el hacemos nosotros dos, Chocolate -sonrío contenta. Seth capta el mensaje.
- Oh, eso no lo puedo negar. Es el más delicioso de todos, Fresa mía.
- Enhorabuena, tío -la voz de Drew se vuelve a escuchar dentro de la habitación.

Vuelvo mi cabeza. Mi hermano y mi mejor amiga nos miran con una sonrisa, sin tener intención de ocultar su felicidad. Drew fija su mirada en Seth y alza su dedo en señal de aprobación. Puede ser un verdadero hermano molesto, pero le amo. Él quiere lo mejor para mí, a pesar de todo. No importan nuestras peleas, siempre nos cuidaremos las espaldas. 

Alejo mi mirada de él, y me centro en Fabiola. Ella me regala una más de todas las incontables sonrisas que me ha regalado, y me guiña el ojo. Algo tan simple como eso. Le correspondo guiñando el mío también. Sonríe aún más, y apoya su cabeza en el hombro de Drew. El brazo de él de inmediato rodea su cintura. Y sé que los cuatro guardaremos este momento en nuestras memorias como una fotografía más.

- ¡Temporizador! -exclama Drew, tomándonos por sorpresa, mientras saca su celular de su bolsillo. Echa un vistazo a Seth- Hermano, yo también quiero pintar. Así que escucha, tomaremos una foto de este momento, en donde salgamos los cuatro. Y vamos a hacer un cuadro gigante con esa foto, pero lo pintaremos juntos.

Seth sonríe, ansioso y encantado con la propuesta.

- Me parece perfecto.

Drew pone su celular encima de mi cómoda. Nos sentamos los cuatro juntos a los pies de la cama. De pronto, mientras esperamos los diez segundos del temporizador, alguien se asoma a la puerta. Es Alejandro. Se da cuenta de lo que estamos haciendo y su rostro se derrama en felicidad.

- ¡Yo quiero ser quien tome la foto! -grita. Corre hasta el celular y lo toma.
- Maldita sea, Alejandro. ¡Estábamos por tomarla! -se queja Drew- Pringado de mierda.
- No me interesa, imbécil. Yo la tomaré. Pónganse bien, a ver.

Se queda de pie delante de nosotros y se agacha un poco, adoptando la típica pose de todo un fotógrafo. Los cuatro nos apegamos lo más que podemos. Seth está a mi lado derecho, Fabiola está a mi lado izquierdo, y al otro lado de Fabiola está Drew. Miramos a la cámara, dando nuestra mejor sonrisa. El sonido de la captura se escucha, y Alejandro se dispone a mirarla.

- Se ven muy felices, saben -comenta de repente, sin quitarle los ojos de encima- Cuando yo tenga novia, espero poder ser tan feliz con ella, tal y como lo son ustedes.

Creo que él nunca había dicho unas palabras tan bonitas.
Se acerca a nosotros y pone el celular en frente. Ahí estamos, los cuatro. Mi hermano menor tiene razón. Estamos muy felices. No fingimos serlo. Y no puedo esperar a que esto sea un cuadro.

Seth aprieta mi mano con fuerza. Lo miro. Las palabras no son necesarias. Sus ojos me demuestran, una vez más, que tengo su completa atención, y como si yo fuera lo más digno de ver para su persona, así como lo hizo la primera vez que estuvimos a punto de besarnos.

A veces, cuando somos jóvenes, creemos que nada tiene solución. Nos sentimos mal con nuestra vida, con nuestro cuerpo, con nuestra familia, con nuestro instituto, con todo lo que nos rodea. Pero nunca nos detenemos a mirar las cosas que en realidad valen la pena, cosas que demuestran lo bueno, y mucho menos nos dignamos a cambiar. La mayoría de las veces, nosotros somos el problema.

Cuando miro atrás, a mi antigua vida, me doy cuenta de que hubieron muchos errores que cometí. Errores que pude haber impedido, que pude haber cambiado, que pude haber compensado. Me habría ahorrado mucho dolor, mi vida habría sido distinta, tal vez si lo hubiera hecho nunca habría sobrepasado los límites que sobrepasé. Pero me quedé ahí, de pie o tirada en la cama, mirando la manera en que todo se derrumbaba a mi alrededor. Y no hice nada más. 

Nunca olvidaré la época en que toqué el fondo del pozo. Nunca olvidaré que pude estar a punto de sufrir anorexia, ni cuando me llevé tan mal con mis padres que por poco me internan, tampoco cuando creí que nunca nadie podría humillarme y lastimarme más de lo que esa persona de mi pasado lo hizo. Fui tan ingenua en ese entonces, tan inocente y permití que me hicieran daño, pero también permití hacerme daño a mí misma.

Ahora no importa. Ya nada de eso importa. Tarde o temprano hay que aceptar el hecho de que serás perseguida el resto de tu vida por el fantasma de tu oscuridad y que solamente tienes dos opciones: Superarlo, o aliarte a ese fantasma.

Yo he decidido superarlo.

El famoso dicho: "Soy así y quiéreme como soy" no sirve. No aplica. No brinda nada bueno. Todo lo que causará es dolor. Si nosotros sabemos que estamos mal, ¿Por qué no mejorar? ¿Por qué no hacer algo para crear nuestra felicidad? ¿Por qué no ser más de lo que somos ahora? ¿Por qué no hacer feliz a la persona con la que estás y a la vez hacerte feliz a ti misma, junto a todos los que te aman? Los cambios son buenos. ¿Por qué tener miedo a ellos?

Ahora yo soy un cuadro. Cada vez que los rayos del sol entren por mi ventana y yo no quiera verlos, me daré la vuelta y tendré una hermosa vista. Una vista que me ha regalado Seth, el hombre a quien juzgué, odié, y maltraté como si nada. El hombre que ha puesto su talento, su pincel, su amor, su arte en una pintura dedicada a mí. El hombre que a pesar de todo malo que causé, me ha dado todo lo que es capaz de dar.

La verdad es que nunca nos decimos te amo. La primera vez que nos lo dijimos fue en el bosque, en la caminata por la universidad. Hasta el día de hoy me lo ha dicho muy pocas veces, me sobran dedos de una mano. En mi anterior relación, sentía una necesidad horrorosa de que me dijeran te amo a cada segundo. Hoy nunca me lo dicen. Hoy me lo demuestran. Hoy es verdadero. Y me encanta que sea así.

A lo largo de nuestra vida, los momentos que más vamos a recordar son los peores. Pero luego recordaremos la forma en que nos levantamos y, aunque sea difícil de creer, nos sentiremos encariñados con esos momentos. Quizás incluso, si nos dieran la opción de elegir que nunca hubiesen ocurrido, escogeríamos que se quedaran ahí. Escogeríamos que siguieran existiendo y no los cambiaríamos por nada.

A mí no me pasó lo que se supone que es típico. No llegué a la vida de un hombre y le hice cambiar, no lo hice tener una vida mejor, no fui ese pequeño milagro que arregló a una persona hecha un desastre. En este caso, un hombre llegó a la mía. Un hombre me cambió a mí. Yo era el desastre. Yo era la rota. Yo era el caso perdido.

Hoy puedo ser feliz. Si Seth me dejara ahora, sufriría mucho. Pero sé que lo superaría. No volvería a pasar por lo mismo de antes, no volvería a hacer daño a personas para sentirme mejor conmigo misma. He conocido a un hombre que complementa mi felicidad, pero que sin embargo, no es la razón de ésta. Y eso es justo lo que yo quería.

Ya que me gusta tanto leer, tal vez podría escribir un libro sobre mi historia con Seth. Tal vez no es la historia más romántica, tal vez yo no sería un personaje muy amado, tal vez habrían muchas cosas que podrían parecer estúpidas a los lectores e incluso mi actuar en el pasado podría parecer ilógico, pero sería real. Sería sincero. Sería perfecto. Y quizás muchas personas se sentirían identificadas conmigo. Y también con nosotros.

Yo ya no quiero ser la chica Barbie. No quiero que mi novio sea el chico Ken. Pero si algo sé, cariño, es que si no soy la mujer más hermosa en todo el gran planeta, si no soy la más atractiva, la más guay o la más admirada, quiero que sea él, el que crea lo suficientemente en mí, como para creer que puedo tener las cualidades más hermosas, más atractivas, más guays y más admiradas. Aunque sea sólo un secreto de dos. Un gran secreto entre él y yo. Que sólo compartamos nosotros. Nadie más que nosotros y nuestro amor.

Pero lo más importante: Creo en mi.
No cambies porque los demás te lo dicen. Cambia por ti.
Y quiero a Seth, a mis amigos y a mi familia conmigo.
A donde quiera que vaya.
Siempre en mi corazón.

♥♥♥

Prometí que subiría, y aquí está el último capítulo de Fresa con Chocolate.
Queridas lectoras, quiero agradecer a cada una de ustedes, a cada una de las que me apoyaron desde el principio, hasta el final. Pero también a las que llegaron luego de haber empezado, y que se quedaron hasta llegar aquí. Sé que no cumplí con lo de subir cada ciertos días, pero es que a veces las cosas se complican y creo que todos lo sabemos.
P
ara escribir esta novela me he basado en distintos aspectos, incluso creo que la mayoría de ellos los he utilizado en aspectos de mi vida. Siempre hago eso, no sé si han dado cuenta. Es algo que no puedo evitar.
Estoy emocionada y me dan ganas de llorar. Me he encariñado mucho con esta historia. Creo que hasta ahora ha sido mi favorita. He disfrutado muchísimo escribiéndola. Cristal y Seth se van a quedar siempre conmigo, no importan los años que pasen.
Y me he encariñado tanto con ellos, que he dejado un final abierto. ¿Saben por qué? No sé si les gustará la idea, pero pienso hacer una segunda parte. Ésta historia, más que nada, se ha centrado en el espíritu de superación de una chica con problemas. El siguiente sería muy diferente, se mostraría mucho más de la vida de estos cuatro personajes. Por supuesto, no la publicaré todavía, ni siquiera la escribiré aún. Pero tengan por seguro que en algún momento llegaré aquí y les diré la fecha en que comenzaré a publicarla.
Respondiendo a sus preguntas: Sí, voy a seguir escribiendo. Empezaré una novela muy pronto aquí en el blog. No soy capaz de cambiar Blogger. Pero advierto que será muy distinta, me iré a una temática muy diferente. Estoy tratando de elegir entre Acción y Fantasía, ¿Cuál les llama más la atención? Haré las dos, pero tengo que empezar por una. Ah, sin mencionar que lo más probable es que ya no ocupe más a Seth para mis historias, sino que a un personaje propio. Creo que muchas de ustedes se irán a raíz de esto último, pero espero que la mayoría lo entienda. Espero que les haya gustado este último capítulo. Muuuuchas gracias a todas por su apoyo, por sus comentarios, por su motivación y por su interés ante mi escritura. Son maravillosas. Espero que, en algún momento, ésta historia les haya hecho pensar, meditar y darse cuenta de las cosas.

L
as quiero mucho
¡Y nos vemos pronto!
Uno de estos días estaré publicando una entrada sobre mi nueva novela.
A cada una de las que comente en éste capítulo, les responderé algo bonito abajo de su comentario. Muaahh